jueves, 20 de marzo de 2008
Mientras se acerca el 24 de marzo
Recuerdo que somos egresados de 1981 y la cuenta es fácil: hicimos la secundaria en los años de plomo. Y pienso que el Integral fue una especie de refugio para varios tipos de refugiados: desde los repetidores de diversos puntos del norte del conurbano hasta los profesores universitarios despedidos de la UBA, todos mezclados con población típicamente barrial y con algunos trasnochados. Yo llegué en segundo año, después de haber hecho primero en el Vicente López. Cuando fui a conocerlo, en el Integral me encontré no con la formación militar a la que estábamos obligados en el otro colegio sino con chicos que tocaban la guitarra por el patio y saludaban a la rectora por su nombre. Era algo inaudito, como otro mundo. Hubo muchas cosas que hacían que la distancia entre el Integral y el resto de los colegios fuera enorme (los festivales, el no uniforme, la calidad de algunos de los profesores, etc.), y llevar ese proyecto adelante debió suponer no sólo esfuerzo sino también riesgo para sus responsables. El Integral no fue una escuela perfecta, pero sí un perfecto refugio para ser adolescente en una época en que ser adolescente era, de por sí, un peligro. A su amparo crecimos. Creo que tuvimos suerte.
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2 comentarios:
En mi caso, al contrario que a Javiera, me sucedió que ya sabía bastante bien a qué colegio iba a
entrar. No porque fuese adivino, ni porque hubiera hecho el curso de ingreso hacia fines de 1976,
sencillamente porque mi hermana estaba allí desde hacía cuatro años. Y muchas de las cosas que
ocurrían ahí siempre eran tema de conversación entre mis viejos y mi hermana, y a mí me llegaban al
oído de rebote. De la misma forma, ya conocía a mucha gente del Integral, alumnos, profesores,
celadores, rectora y vice, seguramente de alguna reunión de compañeros en casa o de algún festival de fin de año. Mi lugar estaba pues entre la población típicamente barrial, aunque con cierto conocimiento del cuadro de situación. A mis viejos, y sobre todo a mi papá, rara vez se les escapaba un detalle que tuviera que ver con la política. A ellos también les tocó vivir épocas jodidas, de persecusiones político-ideológicas, de hostigamiento desde el Poder, en fin, nacieron con los golpes
de estado. Pero cuando nos llegó el turno del Integral, y particularmente a mí, la principal consigna que me marcó mi viejo fue "en el colegio no hables de política con nadie", siendo que en casa se hablaba y mucho. ¿Miedo? Por la vida no hay que andar con miedo, sí con cuidado. Me imagino
entonces, como dice Javi, lo duro que debe haber sido para esa gente que tenía la responsabilidad de
formarnos como personas y llevar adelante un proyecto educativo. Seguro que era muy riesgoso. Y,
en efecto, nuestra secundaria transcurrió en un colegio muy particular, un oasis, un rara avis en comparación con todo lo que pasaba alrededor. Tengo amigos a los que les tocaron colegios en los que, al mismo tiempo en que se les proveía instrucción, se les daba una suerte de adoctrinamiento militar, qué diferencia con nosotros y eso que también comenta Javi, nada más que por poner un detalle, lo de las filas de entrada, para nada castrenses, alguna vez lo habremos comentado graciosamente con algunos compañeros de mi hermana en casa. Esas diferencias, y otras tantas, han hecho que yo me lleve del Integral muchos más gratos recuerdos que de los otros. A pesar de toda esa época.
Así es Javi. El proceso y el Integral marcaron nuestra adolescencia. Tuvimos la suerte de que estuviera el segundo para morigerar el terrible avasallamiento del primera. Al menos en un ámbito, pudimos ser adolescentes.
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