Por estos días, se observa un recrudecimiento notable de, más que nada, la exposición mediática de hechos delictuosos, concretamente violaciones, robos y asesinatos. Muchos de los cuales tienen como activos participantes a menores de edad. Si digo que la exposición en los medios es mayor no estoy diciendo que se muestran más casos, HAY más casos por razones casi obvias, la población va en constante aumento y la pobreza y la falta de educación también.
Suelo meterme (¿quién me manda?) en diversos foros en donde se discute acaloradamente sobre si aumentar penas para los delitos graves, o si, por el contrario, el abolicionismo es una mejor receta, esta discusión es tan vieja como el mundo mismo. Están desde ya las dos miradas, una más progresista que se enfoca fundamentalmente en el aspecto social, la marginación, la falta de oportunidades para un vasto sector de la comunidad, y todas las cosas que eso conlleva. Y están los más conservadores que priorizan las penalidades por sobre cualquier cosa, objetando seriamente el accionar de la Justicia.
Debo decir que, en mi humilde opinión, a las dos vertientes les asiste cierta razón. Si yo sostengo que lo primordial sería solucionar los graves problemas sociales que tenemos (¿hay que enumerarlos?) lo primero que debería hacer es, sin importar por quién haya yo votado, exigir que si todavía no se comprometió debidamente con el tema, que no pierda más tiempo y se ponga a laburar ya mismo. De los funcionarios que han resultado electos, no he visto hasta ahora demasiado compromiso con la solución a los tremendos índices de marginalidad que no haría falta ir a consultar a ninguna parte, cualquiera que anda todos los días en la calle los puede comprobar. Y en cuanto a la ciudadanía que los ha puesto en ese lugar con su voto, tampoco he visto hasta ahora ninguna marcha en busca de soluciones al respecto. Muy llamativo. Los problemas cotidianos y la angustia por el bolsillo propio quizás expliquen algo de semejante apatía, pero lo cierto es que la casa se nos viene cayendo a pedazos desde hace un buen rato y no se ven reacciones. En 1994, en pleno apogeo menemista, el demonio de las últimas décadas, la pobreza alcanzaba al 16% de la población. Hoy, esa cifra se ha duplicado. Uno de cada tres argentinos es pobre. Cuando desde los sectores oficiales se busca, primero minimizar el problema del delito y luego se ensaya un discurso vacío en defensa de los desposeídos, lo único que se hace es desentenderse del asunto. Hay casos recientes como el de Adolfo Pérez Esquivel, a quien yo he escuchado desde un principio defender las políticas sociales de la actual administración, cambiando dramáticamente su opinión. ¿Loco, tal vez? ¿O la realidad social lo terminó apabullando?
En cuanto a los sectores más conservadores, conservadores de opinión entiéndase, a mi juicio gastan saliva de manera desesperada pidiendo más penas, o la baja en la edad de imputabilidad, y ya con más razonabilidad, prevención policial. Algunos juristas señalan, y comparto, que los delincuentes no leen el código penal antes de cometer un crimen. Ni los menores ni los adultos. Pero yo, por lo menos, si tuviese que elaborar un plan de seguridad al último que iría a consultar cómo ve las cosas sería a un delincuente. Está muy bien, sí, pedir mayor prevención (son muchas las muertes y mutilaciones que se podrían evitar), y en lugar de pedir mano dura o similares métodos, sería bueno que pidan QUE SE CUMPLA LA LEY. ¿Tan difícil es? He aquí otro dilema: ¿es posible esa demanda en el contexto actual? Tenemos un Consejo de la Magistratura completamente bastardeado, aquí tienen la preferencia los amigos del poder y el resto de los magistrados sufren el constante arbitrio desde las altas esferas. Dicho en criollo: tenemos un Poder Judicial que no es independiente.
Tendremos elecciones el año próximo. No voy a marcar aquí mis preferencias, lo que sí desearía es no ver nunca más el triste espectáculo del clientelismo, esa práctica de compra de voluntades tan cara a nuestros políticos y que tanto daño nos hace a toda la sociedad. Si no se elimina esa execrable manera de extorsionar a los más humildes, difícilmente las condiciones sociales vayan a mejorar. Es otra forma siniestra de corrupción. No está mal pensar que cuanta más pobreza y falta de instrucción, mayor garantía de éxito electoral. Éxito que en estos tiempos vemos que asegura mucho poder, pero que no resulta un medio hacia un fin, sino un fin en sí mismo.
Yo propondría, como una base para un principio de solución, y quizás como medida transitoria, prohibir las campañas proselitistas por, digamos, un plazo de 8 a 10 años. Se sabe igualmente que los punteros políticos pueden estar muy activos en el mientras tanto, pero aquí es donde deberían participar las organizaciones no gubernamentales para alertar a los incautos, como se ha visto no hace mucho en el interior de nuestro país.
Solicitaría además, en carácter de obligatorio, que ya que nuestra clase política está sentada sobre las listas sábana, cada lista muestre los nombres de todos sus integrantes.
Y un punto central: que todas las listas publiquen por todos los medios (TV, radio, Internet, etc.) su plataforma puntualizando allí qué porcentaje del PBI destinarán anualmente a la instrucción pública (también llamada Educación), siendo pasibles de severas sanciones, incluido el juicio político, de no cumplir.
La gente podrá opinar lo que quiera, sobre esto que ha leído, sobre el delito, sobre los menores que roban y matan, sobre si les gusta o no la sociedad que tenemos. Yo sigo pensando que si no solucionamos de una buena vez nuestro grave problema de falta de instrucción, nuestro horizonte se verá cada día más oscuro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario