jueves, 17 de diciembre de 2009

AUTORITARISMO.

El autoritario privilegia su ego por sobre cualquier doctrina o ideología.

El autoritario exige a cambio de concesiones que resultan no ser tales, sino derechos preestablecidos.

El autoritario pide que todos lo escuchen sin escuchar a nadie.

El autoritario da órdenes sin plantearse sus consecuencias mediatas. Por lo tanto, nadie debería esperar de él estrategias para favorecer al conjunto ni políticas de largo plazo.

El autoritario siempre cree ser la persona indicada en el momento preciso.

El autoritario obra con total convencimiento de su acción, especulando permanentemente con que los demás también tienen su mismo perfil autoritario.

El autoritario siempre señala responsabilidades ajenas si se trata de evaluar el pobre estado de su administración, producto de su propia impericia.

El autoritario no puede subsistir si no tiene a la mentira como recurso permanente.

El autoritario se mune de una herramienta primordial para su accionar: la obsecuencia de algunos pocos de sus dirigidos.

El autoritario echa mano de la descalificación cuando escucha o lee algo contrario a sus intereses.

El autoritario denigra, denuesta y humilla sin sentimiento de culpa.

El autoritario jamás reclama respeto para sí mismo, para eso cuenta con un arma mucho más eficaz, el miedo.

El autoritario no tiene ningún escrúpulo a la hora de quebrar cualquier norma establecida, como tampoco lo tendrá para promover cualquier legislación o disposición que oculte lo ilegal detrás de lo legal.

El autoritarismo, en definitiva, no hace otra cosa que demostrar la escasa capacidad que se tiene para ejercer la autoridad.

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