Poderes que van y vienen. Y sociedades ciclotímicas que votan y confieren y después arrebatan poder. Es el libre juego de la democracia. Mi experiencia me indica -y supongo que a muchos les pasará algo parecido- que los poderosos en exceso llegan por fin a una etapa en que cansan a cualquier sociedad. Nuestro país tiene un frondoso historial en estas cuestiones y jamás ha vacilado en sacárselos de encima cual pelusa del hombro, tanto a civiles como a militares.
Pero existe un estadio previo, que no muchos advierten, con contadas excepciones claro. Es ese borroso período en que los gobernantes, sabiendo que su final se halla inexorablemente cerca, incurren en conductas que bordean la sinrazón, cuando no meten directamente los dos pies dentro de ella. Muchos recordarán a ese dirigente del campo que acusó a un ex presidente de hablar pelotudeces. Aquello, ni más ni menos se inscribe en esta suerte de trance.
Posteriormente, llegará la caída en desgracia absoluta, dando paso a situaciones propias de una opereta en que la población ya ni siquiera toma en serio al poder de turno.
Estaba más que claro que era imprescindible una renovación, una bocanada de aire fresco. Y creo que el Congreso Nacional ayer se puso a la altura de los acontecimientos y por fin dio una buena señal a los ciudadanos que les dimos nuestra confianza y los votamos.
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