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martes, 11 de diciembre de 2012

EFEMÉRIDES.

10 de diciembre de 2012: se cumplen 29 años de la toma del mando por parte de Raúl Alfonsín, tras 7 años de la peor dictadura que gobernó la Argentina. 11 de diciembre de 2012: se cumplen 29 años de la primera crítica que Hebe de Bonafini le hizo a Alfonsín (créase o no). Al mes, ya le amplió la crítica afirmando cosas como "este gobierno no hizo nada desde que asumió". Y ojo, no eran pocos los que sentían un inexplicable odio por ese presidente, por ese entonces yo trabajaba en un ámbito bastante politizado y conocí gente que "con toda la fuerza de su alma", como diría Luisito D'elia, le deseaba el mayor de los fracasos a un joven gobierno constitucional que trataba de ir haciendo pié en una de las etapas más difíciles de nuestra historia reciente. Pareciera, pues, que el argentino es el único animal sobre la Tierra que por más que se lleve por delante 1.000 veces la misma piedra, jamás aprenderá la lección. Después de lo que se vio el domingo pasado, eso está muy clarito, al menos para mí.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

FANTOCHES.

Y cuando me refiero a fantochadas, tomemos tan sólo las últimas horas. El presidente de Ecuador, Rafael Correa, recibiendo una distinción de la Facultad de Periodismo de la Universidad La Plata. Extraño, muy extraño que justamente una facultad de periodismo premie a un presidente que en su país persigue a los medios periodísticos que no se le someten. El mismo dignatario, por llamarlo de algún modo, directamente se burló, no sólo de todos los familiares de las 85 víctimas del atentado a la AMIA, sino que de todos los argentinos. Y aquí nuestro gobierno lo recibe casi como a un prócer sudamericano. A los pocos minutos, un periodista que le responde incondicionalmente al Gobierno Nacional, en un excesivo ejercicio de genuflexión, escribió un poema. ¿Para exaltar las bondades de la vida, se preguntará usted, señor, señora? NO PRECISAMENTE. Lo hizo para llamar lisa y llanamente MIERDA a todo aquel que no participe ni quiera participar jamás de nada que tenga que ver con este gobierno soberanamente autoritario y corrupto.
Finalmente, como la dorada obsesión parece ser nomás que alguien, se llame William Boo, Oyarbide bis o Gabriel Bracenas, le levante por fin algún día el brazo de vencedor en esta "Cruzada Patriótica" ya no contra Clarín ni Magnetto, contra toda la prensa que jamás se le arrodillará, el gobierno que supimos conseguir tampoco trepida en querer anular a la justicia entera. Pobre gente, pobre gobierno, pobre futuro y pobre Argentina. Y todos los días leemos y escuchamos "El país que soñamos". ¡Menos mal!

jueves, 15 de diciembre de 2011

TOC (trastorno obsesivo-compulsivo).

Es curioso cómo la administración kirchnerista arremete y arremete contra los dos mejores componentes informativos de la Argentina, Clarín principalmente, y La Nación en menor medida, en un país con una población adulta que vive casi completamente ajena a los hechos que generan información importante y necesaria para una nación.



Yo creo que, que Cristina haya tenido un 54 % de adhesiones, nos exime de cualquier comentario al respecto. ¿Para qué querría nuestro gobierno obtener el control absoluto de la información, entonces?

Me permito agregar: (se entiende lo que quiero decir, ¿no?) sería como prohibir la venta de libros en un pueblo lleno de analfabetos.

jueves, 13 de enero de 2011

APRENDIENDO UNA LECCIÓN.

Santiago Kovadloff
Para LA NACION

La tragedia de Tucson debería ser aleccionadora. No sólo para los Estados Unidos. Lo que allí sucedió pone sobre el tapete, una vez más, la necesidad de reconsiderar la relación entre las palabras y los hechos.

En los regímenes dogmáticos, el sentido de las palabras está congelado. En las democracias, ese sentido está sujeto a revisión periódica. Ello permite disidencia y debate. E impone la necesidad de ser persuasivos. En las democracias, no se convoca a la obediencia, sino al ejercicio de la convicción. Cuando ello no ocurre, cuando las palabras se vuelven portadoras de contenidos indiscutibles, la democracia tambalea. Y mucho cuando esa rigidez se traduce en hostilidad hacia quienes no se subordinan a los planteos dogmáticos.

Quienes presumen que entre las palabras y los hechos hay una distancia abismal ignoran o pretenden ignorar hasta qué punto los hombres están hechos de palabras. El episodio de Arizona podría haber pasado por una de esas tragedias con que las expresiones extremas de la patología individual sacuden a Estados Unidos. Lo que aconseja no entenderlo así es que ese crimen está enmarcado en un momento de intensa violencia verbal en la vida política de ese país. ¿Hasta qué punto lo sucedido no ha sido alentado por esa retórica que llama al antagonismo sin cuartel y que hoy contamina la expresión de tantos dirigentes políticos? No pretendo con esto establecer intransigentes relaciones causales. Sí advertir la interdependencia que hay entre las palabras que dicta el desprecio y los hechos que en ellas se inspiran.

La violencia verbal suele ser el preámbulo de la violencia física. Lo prueba el desarrollo de cualquiera de los totalitarismos conocidos. Una de las características sobresalientes de esa violencia verbal, en el orden político, es la concepción del adversario como enemigo. Las dirigencias intolerantes, las ideologías a las que repugna el espíritu crítico, están preñadas de imágenes agresivas y alientan, en las sociedades donde actúan, un creciente sentimiento de fragmentación cuyo eje es la distinción entre réprobos y elegidos. Donde esto ocurre prospera la intolerancia y abunda la sospecha que cae sobre todo aquel que se atreve a disentir. Es allí donde queda despejado el terreno para concebir la violencia física como complemento de una fe justiciera. Palabra democrática en un mundo signado como el actual por la multiplicación de los medios de comunicación, la incidencia de las palabras en la formación de la opinión pública es más profunda que nunca. Si su contenido está cargado de hostilidad, si la descalificación del adversario gotea incansablemente sobre la sensibilidad de oyentes, cibernautas, lectores y televidentes, muchos serán los enardecidos que quieran terminar, de una vez por todas, con el mal que se pregona.

Nada más lejos de semejante extremismo que la auténtica palabra democrática. En ella, la disidencia, la severidad de la discrepancia no bordearán jamás la orilla del desprecio. La palabra democrática lo es en la medida en que busca ser equidistante de los extremos. Y eso no va jamás en desmedro de su firmeza. En cambio, cuando la disidencia se convierte en intolerancia, arranca el ejercicio de la política al campo del intercambio imprescindible. Con ello, la acción de los hombres es devuelta al terreno del primitivismo. Y en él no hay otra ley que la de la fuerza bruta ni otra brújula que la pasión desenfrenada.

La lección de Tucson es clara. Quien concibe a sus opositores legítimos como seres despreciables y peligrosos por las ideas que defienden, se aparta del escenario democrático. El dogmatismo exige, para sobrevivir, la condena de toda diferencia.

El rédito político de la palabra beligerante radica en que sus simplificaciones cautivan a muchos. Bien lo saben los líderes que se postulan como iluminados. Bien lo saben quienes están dispuestos a dar sus vidas por esos liderazgos, en los que delegan la responsabilidad de entender y pensar. Lo sucedido en Arizona insiste en interrogarnos. En la Argentina contemporánea, estamos lejos de ver afianzado el diálogo entre oficialistas y opositores. Ese ámbito lo ocupa entre nosotros el monólogo; ese monólogo que suele desbarrancarse hacia la descalificación recíproca.

No puede sorprender esta pérdida de conciencia del valor dialógico de las palabras. La nuestra es una cultura de escasa sensibilidad hacia la reflexión. La pobreza conceptual del presente ha convertido a buena parte de la dirigencia democrática en vocera de un simplismo aterrador. El miedo al pensamiento arrastra a la simplificación extrema de los significados, el suelo donde irrumpe, tarde o temprano, la violencia verbal.

La fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1341137&origen=NLColHoy&utm_source=newsletter&utm_medium=titulares&utm_campaign=NLColHoy

martes, 11 de mayo de 2010

Dime qué lees y te diré quién eres.

Obama propone a los suyos que permitan que la oposición les haga hervir la sangre.

Por Jorge Elías (LA NACIÓN)


En una democracia, según Barack Obama, "se puede discrepar sin necesidad de demonizar a la persona con la que se discrepa y se pueden poner en duda sus juicios sin necesidad de poner en duda sus motivos o su patriotismo". La tendencia a ningunear y descalificar al otro sólo por disentir con uno aumenta la tensión y la polarización. ¿Cómo evitarla? Les propone a los suyos: "Si sólo leen los editoriales de The New York Times [progresista], traten de leer de vez en cuando los de The Wall Street Journal [conservador]. Les pueden hacer hervir la sangre, pero no van a cambiar su forma de pensar". Mal no vendría un consejo parecido en la Argentina.

Desde Maquiavelo, "todos ven lo que aparentas; pocos advierten lo que eres". En esa disyuntiva se encuentra Obama. Le preocupa que su gobierno sea percibido como "una amenaza". Quienes piensan de ese modo, infiere, "ignoran que, en una democracia, todos somos el gobierno´´. No todos, en realidad. En los Estados Unidos, observa con inquietud el escritor Paul Auster, "hay una especie de guerra civil, no con balas, sino con palabras e ideas, que está agravándose; pensé que acabaría al irse Bush, pero ahora la división parece mayor".

La ex candidata republicana Sarah Palin y los nostálgicos del motín del té, enrolados en el derechista Tea Party, insisten en convocar voluntades para "recuperar" el país, como si estuviera bajo el yugo extranjero, y en despotricar contra los impuestos que grava el gobierno en beneficio de un Estado grande. Desde enfrente, Obama repone: "No deberíamos preguntarnos si necesitamos un Estado grande o pequeño, sino cómo podemos crear uno más inteligente y efectivo. En la era del iPod y el TiVo [televisión de última generación], el Estado no puede dictar tu vida. Puede darte las herramientas para triunfar".

Están a 45 kilómetros de distancia uno del otro. Preside Palin un acto de la Fundación de Americanos por la Prosperidad y Obama la ceremonia de graduación de la Universidad de Michigan. Hablan el mismo idioma, pero pintan cuadros diferentes. Es, curiosamente, la crítica que ambos formulan a menudo, desde posiciones antagónicas, contra los medios de comunicación: que, por intereses creados, no reflejan la realidad tal como es. La más dañada termina siendo la confianza de la gente.

En casi todo el planeta, los políticos culpan de sus pifias a los medios de comunicación. Es el recurso fácil: matar al mensajero. No están exentos los norteamericanos, pero tributan al periodismo más respeto y reconocimiento que otros por considerarlo un pilar de la democracia. En otras latitudes ni modales guardan algunos presidentes y bufones al señalar a sus presuntos detractores, en ocasiones cronistas de salario escaso y salteado.

¿Logran hacerlos cambiar de opinión, acaso? Promueven la autocensura o el recelo. Un periodista fastidiado suele ser propenso a confundir un bautismo con un cataclismo y a convertirse en un predicador, un moralista o un plomo. En este "ambiente político tóxico", el deterioro de la convivencia lleva a Obama a advertir que un insulto "puede servir para obtener titulares" y que, no satisfechos con "tirar al suelo" a su gobierno, algunos de sus opositores se ufanan de tildarlo de "comunista de estilo soviético que gobierna como fascista".

El uso impune de esos motes alienta comparaciones odiosas "con regímenes totalitarios y hasta sangrientos". Quizá sea el resultado de abrevar en una fuente única, el Times o el Wall Street , como si no existiera la otra, capaz de hacer hervir la sangre. Es como pedir invariablemente helado de chocolate. Hay de otros sabores. Sólo es cuestión de probarlos.

En democracias familiarizadas con los debates y reacias a los monólogos es más usual la defensa como arma que la agresión como escudo. Quien deshonra a otro se deshonra a sí mismo.

En los Estados Unidos son habituales desde 1948 las discusiones radiofónicas entre candidatos a cargos electivos. En vísperas de las presidenciales de 1960, John Kennedy y Richard Nixon inauguran la era de los debates por televisión, signada por el promedio entre la espontaneidad y el desliz.

Célebres son las perlas de sudor en la frente de Nixon al disentir con Bob Kennedy, el patinazo de Gerald Ford frente a Jimmy Carter por negar el dominio soviético en Europa del Este, la edad avanzada de Ronald Reagan como prueba de experiencia frente a Walter Mondale y el gesto ceñudo de George Bush padre mientras consulta su reloj de pulsera en señal de aburrimiento o de tiempo cumplido frente a Bill Clinton y Ross Perot.

En esa instancia, un político puede triunfar o derrapar. De ganar las elecciones, salvo que se empeñe en gobernar en solitario como los Kirchner, los debates son continuos. Es lo normal en una democracia. En ella, conviene Obama, el principal rival puede ser uno mismo, más expuesto a los tropiezos propios que las estocadas ajenas. Corre el riesgo, a su vez, de contraer sordera, mal frecuente en estos tiempos. Es, como la ceguera, más severa cuando es ideológica que cuando es biológica.

domingo, 12 de abril de 2009

A VOTAR, MI AMOR.

Se vienen las elecciones. ¿Vio señora? De aquí hasta fines de junio deberemos soportar toda clase de obscenidades, más mentiras de las habituales, flagrantes violaciones a la Constitución (por ahora no es más que una estación de trenes) y a la ley, en resumen, lo más miserable entre lo miserable y lo más perverso entre lo perverso de nuestros dirigentes.

La más grande de las dos perras que hay en casa me estaba mirando y yo le dije, muy en broma:

-“¿Y Ud. por quién piensa votar?

-“¡Por Obama! ¡Porque es negro como yo!”

Le puse cara de “no digas boludeces”. A lo que replicó:

-“¿Qué? ¿Y no podría ser?”

Pensándolo mejor, tiene razón. Si se puede, de un acrobático salto, cambiar de provincia o distrito, tarde o temprano, podríamos importar “candidatos testimoniales” desde el extranjero. Y si continuamos con la misma lógica, podríamos hacer votar a los animales domésticos, por ejemplo. Mejor, no demos más ideas a los inescrupulosos.

domingo, 1 de febrero de 2009

CADA VEZ MENOS PUNTOS DE VISTA.

El levantamiento del programa del Dr. Nelson Castro "Puntos de Vista", que iba de lunes a viernes por AM 1030 Del Plata no iba a sorprender a casi nadie, y efectivamente, así se dio la cosa.


Este caso no es ni más ni menos que la continuación de lo que ya hemos observado con otros protagonistas en el pasado reciente: Jorge Lanata, Víctor Hugo Morales, Pepe Eliaschev, Alfredo Leuco, sin contar a otros a los que ya se les advertido elípticamente que están próximos a seguir por el mismo camino.

En cualquier sociedad, la prensa libre no es la concesión gratuita del poder de turno. Es un derecho tan básico que tenemos todos y que muchas veces, por distintas razones, no tenemos en cuenta. Mi reflexión final es: ¿Y si probamos con la democracia? No vaya a ser cosa de que tarde o temprano terminemos todos cantando como Rita Coolidge, "Estamos todos solos".